Wednesday, November 24, 2004

Pensando Halloween

Pensando HalloweenNov. 2004-11-01

«... no sólo nadie se reiría viendo quemar gatos como era normal en el siglo XVI por las fiestas de San Juan, sino que ni siquiera los niños encuentran divertido martirizar a los animales, como hacían en todas las civilizaciones anteriores.»

LIPOVETSKY
La era del vacío


Coma ya sabemos el marketing reconfigura el ámbito simbólico adaptándolo al mercado para producir plusvalía, un caso excepcional lo tenemos con el CHE, que en los 60 era el símbolo de la lucha armada y la revolución, hoy es un póster decorativo, de la misma manera el avance consumista fagocitó la Navidad cristiana de la mano de Papá Noel y los regalos de navidad.

Con esto decimos que el portador de una remera del CHE por el sólo echo de portarla, sea un revolucionario en potencia o un comunista a ultranza, hoy es en la mayoría de los casos, un consumidor de un símbolo reconfigurado, una actitud propia de la posmodernidad, contenidos sin ideas, mera mercancías.

El consumismo posmoderno genera constantemente estos códigos de pertenencias societarias, con el fin de imponer el consumo. Los modelos mediáticos nos informan cómo debemos vestir, comer, leer, disfrutar del tiempo libre, festejar, educar, etc.
Halloween y Papa Noel siguen el mismo derrotero, por eso no creo que un chico que festeje Halloween tenga en mente el sacrificio humano de niños, es una festividad impuesta por el mercad o, es un código de pertenencia globalizado.No nos dejemos engañar, las hordas bárbaras y las brujas han dejado de existir hace mucho tiempo, las hogueras también, y si atendemos a lo que dice Lipovetsky no creo que los chicos piensen en sacrificar a otro niño.

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1) Lipovetsky, Gilles
(1944- ) Filósofo francés, n. en París. Profesor en Grenoble, en 1983 desató la polémica con su obra La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo, donde afirmaba la necesidad de estudiar con más detenimiento la cultura de masas y sus efímeros movimientos. En El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas (1987) insiste en ese despegue de la tradición filosófica para atender al relativismo que subyace en el individualismo contemporáneo.

Tuesday, August 24, 2004

Noche de Pombero

Era invierno, el reloj marcaba las 8 pm y había pensado en un sin numero de posibilidades antes de cruzar aquella calle tan oscura y con pocas casas. Temía lo inesperado. Luego avancé decidido.
Descubrí que el viento venía desde el Norte y que la luz que proyectaba mi sombra sobre el camino de arena era una inmensa luna redonda.
A mis costados los cercos de tacuara de las casas se abandonaban a la brisa suave con olor a laguna.


El silencio se profundizó de repente, la brisa dejó de soplar, las ramas quedaron petrificadas por la luna y solo un silbido se dejó oír muy tenuemente, pero no me pareció extraño y seguí caminando; luego sentí otro silbido muy cerca y giré con violencia sobre mis pies,
¡Que extraño! No había nadie ni nada, comencé a sospechar de mi paranoia, tal vez el viento me hizo una mala jugada, - pensaba mientras aceleraba el paso-
Repentinamente el cerco de tacuara de mi derecha rugió como si alguien raspara con un palo con violencia.


Sentí como aceleraba mi corazón; luego otro silbido a mi espalda, luego otro a mi derecha y cerca del oído, otro en la nuca, otro debajo de mis piernas. No supe como, pero me encontraba corriendo con ímpetu por la calle y ya casi agotado llegaba a la casa de mi abuela a dos cuadras de este lugar. Golpee con fuerza la puerta y no hubo respuesta, miraba azorado sobre mis hombros esperando que aparezca algo extraño, pero todo era silencio y quietud y la luna se había apagado por completo.

Golpee nuevamente la puerta y un chirrido dio lugar a una anciana que me miraba desorbitada entre el marco y la puerta apenas entreabierta que dejaba ver la mitad de su cara iluminada por la vela que estaba en su mano derecha.
¿¡Que haces a estas horas m´ hijo!?- Farfullo la anciana, -vine a cenar con vos como quedamos- le dije.
Pero quedamos a las 8 de la noche de ayer - me dijo desde la puerta entreabierta.
Mire el reloj y eran las tres de la mañana y no supe que decirle.

Una semana después volví por el mismo camino con un anciano del pueblo que me dijo que conocía las historias de esa calle y que la única manera de pasar por ahí sin ser afectado era mantener la calma y no tener miedo a pesar de los ruidos y silbidos y si así lo hacíamos nunca mas iba a molestarme aquel espíritu.

Eran las 8 PM cuando empezamos nuestra travesía a la altura del Hospital en donde estaba la última luz de la calle, a partir de ahí todo era oscuridad y profundidad.
Prendí la linterna y comenzamos la travesía, todo era oscuro sin luna, sólo estrellas, miles de estrellas. No hablábamos, solo caminábamos a paso lento sobre el arenal de la calle, nuestros pies se hundían a cada paso en la arena, mientras andábamos todo era profundo silencio, nos detuvimos para escuchar mejor, pero lo único audibles eran nuestros pasos, de repente la linterna empezó a alumbrar con menos fuerza, le di dos o tres golpes y recobró fuerza, pense que eran las pilas pero otra vez comenzó a apagarse lentamente, di unos golpes nuevamente pero se apago definitivamente.
El anciano que llevaba una pequeña linterna la sacó de su bolsillo pero cuando la encendió justo frente nuestro vimos una cara negra y con ojos rojos que nos miraba desde el medio de la calle y de golpe exploto la lamparilla de la linterna y quedamos a oscuras totalmente.
Estaba temblando de pavor cuando el anciano me tomo de la mano y me dijo que siguiera y que no le diera importancia a lo que había visto si quería seguir vivo.
Caminaba temblando y cuando los silbidos comenzaron no pude caminar, quede catatónico, con los pies hundidos en el arenal, sentí como chirriaban las tacuaras de los cercos aledaños y los silbidos que acudían a mis oídos como si alguien me los soplara en la nuca, no sé cuanto duro todo esto pero sentí que de golpe el anciano me arrastraba por la calle mientras yo me tapaba los oídos.

Cuando terminamos de cruzar la cuadra, todo se acabo y la luna comenzaba a alumbrar las copas de los árboles, me sentí mas aliviado, pero desconfiado mire para ver la cuadra que habíamos dejado y todo parecía tranquilo como si nada hubiera pasado, camine unos metros con el anciano y le pregunte:
Que había sido aquello y él me dijo que era el Pombero que habitaba en esa cuadra y que las noches de luna llena se aparecía, me contó que la municipalidad había intentado iluminar esa cuadra pero que siempre se terminaban quemando las luces a la noche siguiente.
Me tengo que ir - dijo Don Froilan, porque así se llamaba el anciano.
Yo le extendí la mano y le agradecí que me ayudara a cruzar esa noche.
Mire el reloj y eran las 7 pm.

Nunca le había contado a nadie de mi experiencia de aquella noche, por temor a que me creyeran loco.

Las noches siguientes pude cruzar esa cuadra sin ninguna dificultad y así visite a mi abuela que vivía del otro lado.
Fue grande la sorpresa cuando mi abuela me contó mientras miraba las vigas del techo de su casa, que estas la había puesto un carpintero que había fallecido 20 años atrás, apuñalado en la calle por no se sabe quien cerca del Hospital, y su nombre era Froilan.

Tres días después dejaba la tierra correntina para volver a Buenos Aires y desde entonces pienso en esa calle y no tengo una respuesta razonable para mis preguntas, pero con algunas cosas es mejor creer o reventar.

Saúl Gómez - Copyright © 2001-02

Thursday, July 15, 2004

delirios

En una época lejana, con los olvidos propios del ser, se encrespo la lluvia de recuerdos, vanos recuerdos de hechos insondables por mentes humanas.
Aquella angélica voz de estridente llamado, surcó cielo y tierra esperando captar el único soplo que lo albergue, como una calida casa, -allí donde se aviva el fuego con los pulmones, agachada frente a las brasas que apenas laten en la oscura habitación- esa, echa de adobe, paja y tacuara, esta una mujer.

El viento silbaba afuera esperando atrapar alguno desprevenido en la soledad del campo, los montes, la laguna o el plantío. Allí corcoveaba la brisa, arremolinando tierra colorada, el arenal se agitaba en las calles pueblerina, nadie los habitaba, sólo el viento invernal de aquel día nublado, presagiando un destino, uno de tantos , como una coordenada en el espacio y el tiempo, ahí este punto, este paréntesis en la historia tan singular como cualquier otra vida, otro tiempo, en la inmensidad de esa singularidad, Dios haciendo singular a los hombres y esta es una de ellas, Marcelino Gómez, un soñador, un arrepentido, un niño sufrido, olvidado, marginado, luego rescatado, elevado y recordado, también cruje junto al fuego y la mujer encorvada.

Recuerdo la imagen siniestra, cuando transferimos su cuerpo muerto desde la cama de hospital público a un ataúd de madera con manijas plateadas. Su cuerpo muerto parecía pesar el doble, como si la muerte acrecentara y densificara sus huesos, sus músculos.
Lo mire y era otro, esa cara ya no era la de mi padre, esa cáscara pesada me era ajeno, repugnante, desconocido, y lloré porque ya no estaba ahí.

Me invadió una ausencia eterna, mire a mi madre y su rostro estaba desencajado, no habían palabras a las que recurrir, sólo mirarnos, hablar con otro lenguaje, uno que brotaba del alma, desde un lugar misterioso y desconocido.
Yo supe al instante su mundo que ella habitaba se había esfumado, pero su resignación afloraba en el aire mirándome .


Este es mi pueblo también, ahí fui testigo de sus singularidades, ahora regreso cargando recuerdos, siempre he sido un nostálgico un maldíto nostálgico, como si eso me ayudara a empujar mi existencia.