Saturday, April 28, 2007

Los Siete Actos de Adonai

Escrito en los meses de Octubre y Noviembre de 1998

Acto Primero
Un día , un mundo de experiencias que se suceden desapercibidas en las horas en un tiempo que no es cifrado, sino marcado por la finitud de la existencia humana que pretende medir la eternidad y mientras más se empecina en esta empresa, deja de ver la eternidad que encierran los días.
Hoy es un día eterno, miro el cielo y veo un celeste perfecto, sin manchas, sin presagios de nubes ni de otro tipo.
El verde se extiende desde el horizonte hasta el horizonte. Los colores se reproducen en manchas sobre la pastura sin igual.
Es una siesta de las siestas, con olor a mango, y allí estoy tratando de enganchar un pez de la laguna . Los silbidos de la siesta se reproducen; eso que algunos identifican como el Pombero, un habitante siniestro de las siestas, aquel a quien le tuve miedo, un miedo infundido desde un poder controlador de las horas meridianas de los días.
Se cuenta que estos duendes siesteros son malvados, deseosos de raptar a niños desobedientes, que infringen irrumpir en el silencio de la siestas con sus gomeras destructivas y su hambre voraz de mango.
Muchos lo describen como un enanito morocho que silba sin parar, alertando su cercanía a los padres, de que la siesta se aproxima.

A las dos de la tarde todo es silencio ancestral y es entonces que desde ese escenario los silbidos de la siesta recobran una fuerza siniestra, conmoviendo la imaginación de cada siestero que insiste en salir a buscar aventuras a pesar de la veda que ya a esas horas, las madres dictan con voz autoritaria.
Cuando este mandato es desobedecido la aventura adquiere un placer supremo, cargado con gomera, anzuelos y carnada, el siestero desobediente sale en su lucha de gran gladiador para desacralizar ese silbido que en otro tiempo lo amedrentaba. Y es entonces que el día empieza a tener sentido.